recordando un cuento

Un día y por sorpresa me vi en el compromiso de escribir para los niños un cuento que yo recordara de mi primera infancia, y al momento quedé bloqueada, porque a mis años eso ocurrió hace mucho tiempo.

De pronto no sabía ningún cuento a excepción de Caperucita, Blanca Nieves y algún otro tradicional, por lo que llegué a pensar que mis papis no me querían tanto como yo había creído, ya que no los recordaba leyendo para mí una historia infantil. Así que sentí tristeza y mucha pena.

Casi se me escapa una lágrima, cuando visualicé la imagen de mi madre colocando un disco de 33 revoluciones, en un modernísimo tocadiscos de los años 60, tal y como las mamás de ahora les dejan a sus niños el móvil o el tablet, y entonces sonó la música de “… el cocherito lere, me dijo anoche lere, que si quería lere, montar en coche lere…” Recordé la canción completa. Y otra: “Caperucita Roja soy y a mi abuela voy a ver, le llevo en la cesta algo de comer, un caldo de pollo y sabrosa miel…”  Y otra, otra, otra.

Todas las canciones venían a la memoria y entonces me sorprendió, para mi gran alegría recordar el cuento de La Cucarachita Martina…

Fue maravilloso, porque ya la vi allí muy bonita, con sus lindos ojos negros y su piel morena, delante de su casita de campo barriendo como cada mañana al despertar. Martina que así la llamaban, era muy trabajadora, y barre que te barre se encontró una monedita.

¿Qué voy hacer con esta moneda?… mmm… me compraré un vestido rojo… no, no… me compraré unos zapatos nuevos ¡ah, no, no! Un par de zapatos valen más que esta moneda. ¡Ay ya sé! ¡Me comprare una caja de polvos! Muy contenta salió corriendo al pueblo a la tienda de cosméticos.

Claro no les he dicho que Martina era muy presumida, así que al llegar a casa se bañó, se empolvó toda, se puso su mejor vestido, una flor en el pelo y se sentó a tomar la brisa de la tarde en el portal de su casa.

Entonces pasó don Gallo muy elegante y al verla tan bonita no pudo resistirse, así que se acercó al portal y le dijo:

—Cucarachita Martina ¡qué linda estás!

A lo que Martina respondió: —Como no soy bonita te lo agradezco más.

Y dijo el gallo: —¿Te quieres casar conmigo?

—Tal vez —dijo la cucarachita— pero ¿qué haces de noche?

—Kikirikí, kikirikí, kikirikí— canto el gallo.

—¡Ay no, no, no, que me asustarás!

Entonces ocurrió que tras alejarse Don Gallo, pasaron a continuación ante el portal de la linda cucarachita el Perro, el Gato y el Oso y tras sus ladridos, maullidos y gruñidos, todos se alejaron por los sustos de Martina. De pronto apareció el Ratoncito Pérez con su sombrero amarillo y le dijo:

—Cucarachita Martina ¡que linda estás!

—Como no soy bonita te lo agradezco más.

— ¿Te quieres casar conmigo?

—Tal vez, pero ¿qué haces de noche?

—Dormir y callar, dormir y callar.

Martina saltó de alegría y le respondió:

—Contigo sí me voy a casar.

Rápidamente se casaron y decidieron quedarse a vivir en la limpia casita de la cucarachita. Al día siguiente la Cucarachita Martina cocinaba una sopa en una olla muy grande y se dio cuenta que no tenía sal, así que le dijo a su maridito que iba a ir un momento a casa de la vecina por un poquito de sal. Pero Ratoncito era muy curioso, y atraído por el delicioso olor, se subió a una silla para alcanzar y se asomó a la olla con la sopa hirviente y ¡zas!, se cayó dentro.

Cuando la Cucarachita Martina regresó a su casa, encontró al Ratoncito Pérez todo pelado entre los fideos de la sopa. Desde estos tiempos conocemos la canción que también yo escuchaba de pequeña en aquel tocadiscos que me ponía mi madre y que dice:

“El Ratoncito Pérez se cayó en la olla

por la golosina de la cebolla”.         

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